Hay momentos en los que la práctica espiritual corre el riesgo de reducirse a una experiencia privada: mi respiración, mi esterilla, mi calma, mi proceso. Y, sin embargo, abril nos invita a recordar algo más amplio y más incómodo a la vez: ninguna transformación es realmente profunda si no alcanza también la forma en que vivimos con otros.

El FOTM de Jivamukti para este mes, Strength in Multiplicity, gira en torno a una imagen poderosa: la fuerza no como unidad rígida, sino como multiplicidad viva. No como homogeneidad, sino como red. No como una sola voz que domina, sino como muchas formas de vida sosteniéndose mutuamente. 

Esta idea resuena de forma muy especial con el libro que estoy leyendo ahora, Time to Stand Up, de Thanissara. El libro presenta al Buddha no solo como una figura contemplativa, sino como alguien radicalmente implicado en el sufrimiento del mundo. Thanissara relee su vida y enseñanza en clave de activismo sagrado, preguntándose qué valor tiene la meditación si no nos vuelve más capaces de responder a la violencia, la injusticia y la devastación ecológica de nuestro tiempo. 

Y esa pregunta, honestamente, no es cómoda. Pero quizá por eso mismo es necesaria.

Cuando la práctica deja de ser una burbuja

 

Durante mucho tiempo, muchas personas hemos entendido el camino espiritual como una retirada: parar, observar, regular el sistema nervioso, encontrar claridad. Todo eso importa. Todo eso es valioso. Pero Thanissara señala que una espiritualidad encerrada en lo personal puede convertirse fácilmente en quietismo, en una forma refinada de no mirar. En la introducción adaptada de su libro, ella propone ir “más allá de una introversión y un quietismo personal” para aplicar las enseñanzas del Buddha a la violencia colectiva y sistémica. 

Esa idea me parece esencial para abril.

Porque la multiplicidad no es solo una celebración de la diversidad. Es también un reto a la fantasía de separación. Nos recuerda que el bienestar no es individual en un sentido absoluto. Que no existe una paz completamente privada en un mundo herido. Que el cuerpo que practica también pertenece a una comunidad, a un territorio, a una historia, a un entramado de relaciones visibles e invisibles.

Desde ahí, el yoga deja de ser una técnica de mejora personal y vuelve a convertirse en una práctica de relación.

La fuerza no siempre se parece a la dureza

 

Quizá una de las cosas más interesantes de Time to Stand Up es que Thanissara no propone una fuerza agresiva ni heroica en el sentido clásico. La descripción editorial del libro habla de una evolución más allá del modelo patriarcal del “guerrero espiritual”, hacia una mirada más femenina en la que cuidar, amar y nutrir son cualidades centrales para un mundo sostenible. 

Esto cambia mucho.

Porque entonces la fuerza ya no consiste en endurecernos para resistir el mundo, sino en desarrollar suficiente sensibilidad para no desconectarnos de él. Fuerza puede ser sostener la complejidad sin cerrarnos. Puede ser mantenernos permeables sin colapsar. Puede ser aprender a actuar sin caer en la violencia interior. Puede ser dejar de preguntar “¿cómo me salvo yo?” para empezar a preguntar “¿cómo sostenemos la vida juntos?”

Eso también es multiplicidad.

La fuerza de la que habla este mes no nace del control, sino de la interdependencia. De comprender que ninguna parte florece sola. Que lo plural no debilita: amplía. Corrige. Humaniza. Protege de las certezas rígidas. Nos saca del centro. Nos obliga a escuchar.

Una espiritualidad que mira de frente

 

Hay una frase de Thanissara que atraviesa como una flecha: “What value is all this meditation and mindfulness if we just sit by and let the world burn?” La pregunta aparece en su introducción pública al libro, en un contexto de crisis ecológica, sufrimiento colectivo e injusticia estructural. 

Más allá del tono directo, lo que me interesa es la honestidad de fondo. No está desacreditando la práctica. Está pidiéndole más.

Nos está recordando que meditar no es anestesiarnos. Que la ecuanimidad no es indiferencia. Que la atención plena no debería servirnos para funcionar mejor dentro de sistemas que dañan la vida, sino para ver con más claridad qué necesita ser transformado. Thanissara cuestiona precisamente el uso de mindfulness y meditación como formas de adaptación a sistemas disfuncionales, y propone volver a su capacidad de despertar conciencia ética y acción. 

Creo que este punto puede tocar una fibra importante en muchas personas que practican yoga hoy.

Porque a veces llegamos a la esterilla agotadas, sobre estimuladas, con deseo de silencio. Y sí: la práctica nos regula, nos devuelve al cuerpo, nos ayuda a respirar. Pero también puede hacer algo más radical: volvernos incapaces de seguir llamando normal a aquello que rompe la relación con la Tierra, con otros seres, con nuestros propios valores.

Multiplicidad como comunidad, como ecosistema, como sangha

 

Cuando pienso en Strength in Multiplicity, no pienso solo en la diversidad humana. Pienso también en ecosistemas. En redes de cuidado. En comunidad espiritual. En la intuición profunda de que la vida sucede siempre entrelazada.

La visión de Thanissara también va por ahí. Su libro vincula el despertar con los desafíos contemporáneos de la crisis planetaria y plantea que la respuesta no puede ser únicamente individual, sino colectiva y sistémica. 

Esto me parece muy inspirador para una comunidad de yoga porque desplaza ligeramente el centro de gravedad de la práctica. Ya no se trata solo de “mi experiencia” en clase, sino de cómo una práctica compartida puede educar la mirada, refinar la sensibilidad y fortalecer el compromiso. No para volvernos perfectos. No para tener todas las respuestas. Sino para recordar que practicar también es aprender a no desentenderse.

Quizá por eso abril se siente como una invitación tan actual:
a dejar de imaginar la fortaleza como autosuficiencia,
a dejar de pensar la espiritualidad como refugio aislado,
a dejar de medir la evolución solo en términos de bienestar individual.

Y empezar a preguntarnos:
¿qué tipo de presencia necesita este momento?
¿qué tipo de comunidad estamos creando?
¿qué forma de cuidado puede nacer de nuestra práctica?

Para practicar este mes

 

Abril puede ser un buen momento para observar esto dentro y fuera de la clase:

¿Dónde estoy buscando seguridad a través de la separación?
¿Dónde puedo abrirme más a la interdependencia?
¿Mi práctica me vuelve más sensible al sufrimiento del mundo o más ajena a él?
¿Qué significa para mí sostenerme en comunidad?
¿Y cómo se ve una fuerza que no excluye, no endurece y no domina?

Quizá la multiplicidad no sea ruido.
Quizá sea inteligencia viva.
Quizá sea el recordatorio de que la fuerza más profunda no aparece cuando nos aislamos, sino cuando entendemos que nunca hemos estado separadas.

Te mando mucho amor,

 

Clara