Hay algo muy cotidiano en cómo nos relacionamos con el mundo: nombramos, clasificamos, decidimos rápidamente qué es cada cosa.
Útil, sí. Pero también limitante.
Un objeto es “útil” o “inútil”.
Un día es “bueno” o “malo”.
Una persona es “así” o “asá”.
Nosotros mismos: “soy esto”, “no soy aquello”.
Y casi sin darnos cuenta, vamos reduciendo la realidad a categorías manejables. Más simples. Más seguras.
Pero también más estrechas.
Porque tal vez la abundancia no tenga tanto que ver con añadir más cosas a nuestra vida, sino con dejar de reducir lo que ya está.
Una misma cosa, infinitas posibilidades
En el texto de este mes aparece una imagen muy potente: un trozo de material abandonado en la playa. Para algunos, basura. Para otros, irrelevante. Para un joven, el inicio de algo completamente distinto.
Nada en el objeto cambió.
Lo que cambió fue la relación con él.
Y esto no solo ocurre con las cosas. Ocurre con todo.
Con un momento incómodo que puede convertirse en aprendizaje.
Con una pausa que puede sentirse como vacío… o como descanso.
Con una etapa de incertidumbre que, vista desde otro lugar, es apertura.
La abundancia, entonces, no está necesariamente en lo que hay, sino en lo que permitimos que sea.
Ver sin nombrar
El filósofo Jiddu Krishnamurti decía:
“El día que le enseñas a un niño el nombre de un pájaro, deja de ver al pájaro.”
No porque el nombre sea incorrecto, sino porque sustituye la experiencia directa. A partir de ahí, ya no vemos realmente — reconocemos.
Y reconocer no es lo mismo que percibir.
Quizás por eso, en la práctica de yoga, volvemos una y otra vez a lo simple: la respiración, la sensación, el cuerpo. No para “mejorarlo”, sino para experimentarlo sin tantas capas de interpretación.
Cuando dejamos de etiquetar constantemente, algo se amplía. La experiencia se vuelve más rica, más viva, menos predecible.
Más… abundante.
El exceso de significado
Vivimos en un momento donde no falta información, estímulo ni contenido. Y, sin embargo, muchas veces lo que sentimos no es abundancia, sino saturación.
Quizás porque confundimos abundancia con cantidad.
Acumulamos inputs, opiniones, referencias, pero rara vez dejamos espacio para que algo repose sin ser inmediatamente interpretado.
Nombramos demasiado rápido.
Concluimos demasiado pronto.
Cerramos lo que todavía podría estar abierto.
Y en ese cierre constante, perdemos algo esencial: la posibilidad.
La práctica como espacio
La esterilla se convierte entonces en un lugar muy concreto donde practicar lo contrario.
No añadir más.
No mejorar constantemente.
No definir cada sensación.
Sino estar.
Sentir una postura sin decidir si “me gusta” o “no me gusta”.
Observar un pensamiento sin convertirlo en una historia.
Respirar sin intentar cambiar nada.
Poco a poco, aparece un tipo de espacio diferente.
Y en ese espacio, una sensación inesperada: no falta nada.
Abundancia como plenitud
En yoga hablamos de Aparigraha, el no-apego. Muchas veces se interpreta como “soltar”, pero quizá es más interesante verlo como una consecuencia natural.
Cuando sentimos plenitud, no necesitamos agarrar.
Cuando dejamos de reducir la experiencia a categorías fijas, todo se vuelve más amplio. Más dinámico. Más vivo.
Y ahí, la abundancia deja de ser algo que buscamos fuera.
Se convierte en una cualidad de la forma en la que estamos presentes.
Para observar este mes
Quizás marzo no va de añadir más a tu vida, sino de mirar diferente lo que ya está.
Mirar sin nombrar tan rápido.
Escuchar sin interpretar inmediatamente.
Sentir sin cerrar la experiencia.
Y ver qué ocurre.
Porque tal vez la abundancia no es algo que se construye,
sino algo que aparece cuando dejamos espacio para que la vida sea más grande que nuestras ideas sobre ella.
Con amor,
Clara
